Mi tío Aurelio y el espíritu de "Los 101"

Faltan pocas horas para que de comienzo la décimo novena edición de los 101 Kilómetros de La Legión en Ronda, sólo pocas horas, apenas dos días y ya no podemos con nosotros mismos. Los nervios se apoderan de nuestra serenidad, los últimos detalles no terminan nunca, ¿hará calor? este año parece que no, ¿hará frío? ¿lloverá? ¿cuanto barro aparecerá en nuestro camino?

Son tantas dudas, tantas preguntas, tanta incertidumbre y tanta adrenalina fluyendo que creo, sinceramente, que ya ha llegado el momento de olvidarnos de todo lo anterior y empezar a disfrutar de esta marcha, de esta prueba que no es una carrera como tal, que no fue concebida para correrla de principio a fin, fue concebida para que zancada tras zancada, sea como sea, podamos cubrir la distancia de ciento un mil metros en menos de veinticuatro horas. Sin más, sólo eso, así de simple.

Ha llegado el momento de vivir “Los 101”, de pisar y estrangular nuestros miedos, de templar nuestros nervios a base de casta y de coraje. Ha llegado el momento de hacer frente a la necesidad de convivir con el dolor y la dureza a base de sufrimiento incesable. Ha llegado el momento de visualizar sólo dos instantes: el indescriptible ambiente que viviremos en la salida, y la llegada a meta en la Alameda del Tajo. Dos instantes simplemente.

Una vez lo tengo todo preparado para el día de la salida, me falta algo, necesito ese último aliento que me ayude a afrontar esta prueba, esa palabra sabia de aquel que suma tantos años como batallas en la vida, de un hombre que entiende esta carrera como muchas de sus hazañas en el frente, que dice que estoy loco por hacer lo que hago con una sonrisa confidente, y que me envidia porque el quisiera hacerlo conmigo, como yo. Él dice que esta carrera debe ser como una vida en 24 horas, como una batalla en 101 kilómetros.

He hablado con mi tío Aurelio de Montejaque, caballero legionario, vencedor de mil batallas, y hombre de bien por los cuatro costados.

Y dice el viejo Aurelio que para vencer en esta carrera, para terminarla o únicamente para participar en ella con dignidad, simplemente hay que comportarse como lo haría un caballero de la Legión, respetando los códigos de su Credo Legionario.


Y me cuenta lo siguiente mi tío:

Espíritu feroz que acorte la distancia de 101 kilómetros entre el enemigo: la meta, y la bayoneta: tú mismo. Ese espíritu que verás cientos de veces durante la carrera envuelto en un uniforme sirviéndote a ti, no como marchador o corredor, si no como compatriota.

Espíritu de compañerismo y amistad como no hay en ninguna otra carrera. Donde todos somos iguales, los que toman la salida ilusionados, los que alcanzan la meta y se enfundan sudadera y ladrillo, y los que el destino les impide no tocar el cielo con las manos, pero si dejar abierta la herida para cerrarla el próximo año aunque la salud te vaya en ello. Sentirás el aliento de tu compañero, el silencio será vuestro aliado en muchos tramos durante la noche, la amistad se esconde entre desconocidos que comparten un mismo sueño: ser o volver a ser Cientouneros.

Espíritu de unión y socorro. Desfallece si quieres, ríndete si lo crees oportuno, quédate sin fuerzas y sin aliento si no tienes más remedio pero grita fuerte: ¡A mi La Legión! Y acudirán, como al fuego, fugaces a tu auxilio, marchadores y legionarios. Y quizás cuando creas que has llegado al final de tu sueño, ellos te levantan del suelo y te dan ese empujón para seguir sin cesar hasta alcanzar la gloria.

Espíritu de marcha. El espíritu en si mismo de esta carrera. Jamás debes decir que estás cansado, el cansancio es pasajero, no lo olvides. Jamás debes caer reventado porque eres y somos pura resistencia, física y mental. Si no que hacemos luchando entre miles de personas por estar ese día ahí, en Ronda, tomando la salida. Sois veloces y fuertes, sois valientes que marcháis paso tras paso en busca de una gloriosa eternidad.

Espíritu de sufrimiento y dureza. Los 101 son duros a morir, cualquiera cree que puede hacerlo pero no es fácil, hay que sufrir mucho, hay que luchar mucho. Fatiga, dolor, sed, sueño y otras muchas situaciones se pondrán ante vosotros como un muro infranqueable, que sólo vuestro pundonor, vuestra entrega y vuestra capacidad mental pueden saltar. Vais a sufrir, claro que si, pero por muy duro que sea ese sufrimiento, lo soportaréis y le venceréis, porque no tenéis otra opción. Vencer.

Espíritu de disciplina. Respeta a la prueba, a la distancia, a la organización, al público, al resto de participantes. Compórtate como es debido, mantén el orden cada minuto que pases en ella. Porque cuando llegues a la meta, que seguro que lo harás, no te quepa la menor duda, el honor será mayor si tu comportamiento ha sido ejemplar en cada paso y en cada kilómetro.

Espíritu de combate. Lucha sin cesar, pelea por tu objetivo, combate. Busca un motivo para ganar la contienda. Tu familia, tus hijos, tu reto personal, una promesa, el abandono de ediciones anteriores. Pero lucha, pugna, y pelea por aquello que deseas, combate contigo mismo por llegar a Ronda antes de las once de la mañana del día siguiente a tu salida, y demuestra que eres capaz de lograrlo, que aquellos que te llaman loco, no tienen la más mínima idea de cuanto eres capaz de luchar por seguir alimentando esta bendita locura que es ser cientounero.

Espíritu de la muerte. Morir si es necesario por conseguir nuestro sueño. Porque no luchar, huir del sufrimiento, plegarnos al sentir el dolor es la muerte misma en esta carrera. Morir si es necesario por alcanzar el final. Porque no conocer el honor, no sentir la grandeza en cada kilómetro que hagáis y no combatir por vencer, es la muerte misma en esta carrera. Si es necesario morir, se muere, pero con honra, con valor y con la dignidad que poseéis, ahora mismo, a tan solo unas horas de tomar la salida.

Y nuestra bandera, la bandera de La Legión. Porque cada corredor lleváis una bandera, una gloriosa tela que envuelve vuestro corazón, una sola bandera, distintos colores, una sola bandera, distintas metas, una sola bandera, un mismo sueño: Ser cientouneros.

Todos los marchadores, mujeres y hombres, son bravos. Y su bravura radica en el mero hecho de enfrentarse a esta dura prueba, en afrontar 101 kilómetros de sufrimiento, donde habrá momentos en los que no podáis más, en los que la sombra del abandono aparezca, en los que el silencio de la madrugada sea un eco que pesa como carga insalvable hacia vuestra meta.

Y allí en esa meta, en ese arco que es la puerta hacia gloria que se levanta en la Alameda del Tajo estará mi Tío Aurelio, nuestro Tío Aurelio, esperando, aplaudiendo sin cesar a cada uno de nosotros viendo como un caballero legionario sella por última vez nuestro pasaporte, mientras otro espera metros más adelante para colgar de nuestro cuello el tan preciado “Ladrillo”, una vez que atravesamos la meta y damos el último paso de “Los 101”. Y entonces, en ese preciso instante, nos giraremos y cruzaremos la mirada con él, con el tío Aurelio, para gritar juntos, cara a cara, firmes y orgullosos: 

¡¡¡VIVA ESPAÑA!!! ¡¡¡VIVA LA LEGIÓN!!!


Gracias tito, nos vemos el domingo en la Alameda...

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